Puentes entre ciencia y educación abierta: poniendo el hombro

Pequeñas historias y recorridos para plasmar aquello que nos fascina teóricamente.

Pertenezco al grupo de personas convencidas sobre la importancia y la riqueza que el acceso abierto puede significar en una sociedad del conocimiento. Empieza el semestre y me han pedido también una charla sobre como trabajo en el hacer investigación en abierto, y ello me ha planteado el desafío que más teme la academia: hacer de la teoría, una praxis. Comparto aquí.

El valor de la ciencia abierta, mis valores para una ciencia abierta

La idea de acceso abierto al conocimiento científico posee unos pilares muy sólidos, son los de los movimientos de Internet para una sociedad del acceso al conocimiento (aquella sociedad de redes que imaginó Manuel Castells en su famosa trilogía allá por los 90 y cuando Internet era pura utopía), de una solidaridad de comunidad que construye conocimiento. El mejor ejemplo de ello ha sido y es el movimiento Open Source, de generación de programas de código abierto. La discusión de acceso al conocimiento científico viene por ahí, pero se mueve también por otros canales como el más pragmático que tiene que ver con un acceso por derecho a la cosa pública, pues la ciencia es mayoritariamente financiada con fondos públicos, de la ciudadanía, y debe volver a ésta como servicio.

Benedikt Fecher & Sascha Friesike hablan de cinco escuelas de pensamiento que apoyan la ciencia abierta, y entre ellas están las dos líneas que mencionaba.

Para mí, hay raíces deontológicas (de la ética de mi práctica profesional) y epistemológicas (de enfoques sobre cómo se construye el conocimiento científico)  que me conectan al pensamiento de la feminista y filosófa  Donna Haraway. Su premisa del conocimiento situado, conformado por posicionamientos sociales particulares, realidades materiales y relaciones de poder la lleva a pensar objetos y actores del conocimiento como un todo “activo y generador de significado” (Haraway, 1988, 595). Y entonces, el enfoque del científico brillante que “inventa” no es posible, si no hay una trama, una red local de disponibilidad, de acceso, de creatividades que confluyen para que sí, una mente tire del hilo de esa madeja y saque algo significativo.

También en este pensar el conocimiento como efecto de redes situadas, siguiendo a la Haraway en su posición feminista, quiero destacar el error de un hacer ciencia y hacer carrera científica desde una perspectiva algo patriarcal y marcada por valores propios de la sociedad machista y neoliberal. Valores de hiperproductividad, de comparación de dimensiones de indicadores de productividad (como el h-index o el impact factor). En estas métricas de cálculo de la producción científica poco nos importa que pasa con eso que producimos, cómo “vive” ese conocimiento en el mundo. En cambio, nos preocupa producir, ser más visibles, conquistar más revistas, y aumentar las métricas (que también alimentan los ránkings de prestigio de las universidades).

En una versión basada en valores feministas aplicados al quehacer científico, nos preocupa entender cómo nuestro conocimiento entra en relación con el mundo. Cómo la sociedad se apropia de ese conocimiento y lo integra, lo aplica, genera nuevas preguntas que orientan nuestro quehacer científico. Entonces el acceso abierto implica compartir para dialogar, para involucrarse y por lo tanto para generar un conocimiento científico significativo y centrado no ya en las agendas competitivas de los investigadores y los modelos de negocios a los que se puede responder con la ciencia, sino en agendas que tienen que ver con problemas co-definididos entre investigadores y sociedad.

Esta es la base de lo que técnicamente se ha dado en llamar “Responsible Research & Innovation” (aquí la página de la Comisión Europea).

Claro, todo esto es muy utópico y la realidad es que estamos en una lenta transición, de búsqueda de respuestas para lo que será otro paradigma de investigación, ciencia, y conocimiento humano en general. En estos días visité la muestra “Ciencia Fricción” al CCCB y realmente quedé fascinada con esta idea de un nuevo “panteísmo”, de la “simbiocracia” como idea de pertenecer a un mundo interconectado, biocéntrico y no antropocéntrico, a partir del pensamiento de la bióloga Lynn Margulis.

Ese mundo nos obliga a pensarnos como un todo, a dejar las “mónadas” del éxito científico para vernos como “comunidades pensantes” que hacemos investigación en respuesta a nuestros problemas sociales y culturales. El acceso abierto, posiblemente nos lleve a ello.

Lynn Margulis, Mi foto tomada en la muestra del CCCB “Ciencia Fricción” (2021)

También, siendo realista, tenemos que generar un “business model” por así decir, pues alguien ha de pagar por el trabajo (en este contexto capitalista), y no está bien que el trabajo de edición, revisión, traducción, enfoque de comunicación recaiga todo sobre los investigadores. Las editoriales han hecho un recorrido en este sentido, conozco muchas pequeñas editoriales que han abrazado el acceso abierto y colaboran activamente con los académicos, con un know-how que les pertenece y que han desarrollado en base a su actividad privada. ¿Podemos sustituir eso? ¿Reemplazarlo por el trabajo de nuestros bibliotecarios -que yo alabo continuamente- en la cura de las infraestructuras tecnológicas donde se aloja mucha de la ciencia abierta? No sé si podemos o tenemos que ir en esa dirección. Lo que es real es que nuestros interlocutores no pueden ser gigantes de la editoría científica que centralizan y controlan la visibilidad de las publicaciones, la carrera de los investigadores (las métricas que usamos en las oposiciones…¡son generadas y gestionadas por estas plataformas privativas!). Si (en mi opinión y aquí no siendo experta, puedo equivocarme mucho) creo que nuestros interlocutores podrían ser pequeñas editoriales y por supuesto nuestros bibliotecarios y las políticas de ciencia y tecnología nacionales. Para publicar en abierto hacen falta infraestructuras, que tienen un costo. Lo importante es que el costo no lo asuma un usuario final (que no puede hacerlo individualmente) de frente a un gigante monopólico que fija precios inadmisibles para acceder al conocimiento científico. 

Conectando ciencia abierta y educación abierta

Es ahí que, como investigadora del ámbito educativo, me resulta casi natural buscar la conexión entre la ciencia y educación abierta. Los productos de acceso restringido (paywalled) difícilmente llegan al estudiantado, mucho menos a las escuelas y a los “lifelong learners” en organizaciones públicas y privadas. La ciencia abierta busca modos diversificados de comunicar, que pasan (en parte, no totalmente) por las aulas y la acción educativa.

En un marco de ciencia abierta, el educador tiene la opción no ya de usar libros de textos con un decantado de la ciencia desde quien tiene acceso a ella (pues es muy cara! un artículo de revista puede llegar a costar hasta 50 dólares!) sino que puede acceder (con su alumnado) a una ciencia en construcción, una ciencia desnuda, incluso a los datos abiertos (la estructura más esencial de la investigación) como recursos educativos abiertos.

Ahora mismo estoy probando algo en relación a lo que comentaba antes: estoy reemplazando lentamente textos de acceso restringido en mis aulas, por artículos, capítulos, tesis doctorales de acceso abierto, incluyendo open data. He seguido a alguien que está liderando la investigación educativa en abierto, Martin Weller y la red Go-GN, tratando de dialogar con ese conocimiento abierto a través del espacio del aula, junto a mi estudiantado. Ese material no sólo comparte unas ideas, una teoría de la metodología de la investigación sino que también comparte las tesis del alumnado. Por lo tanto se trata de un recurso educativo abierto vivo, que se nutre de la estructura que dan los docentes y del contenido con el que contribuye el alumnado. En mis cursos abro un canal de diálogo más y encuentro la conexión a ese quehacer con el quehacer en nuestra aula.

También uso datos abiertos que he producido yo misma en mi investigación. Antes de compartirlos en el aula, ya he tenido la ocasión de ver y escuchar testimonios de otros investigadores que han usado ese conocimiento, en especial jóvenes investigadores y educadores en formación. Ellos me dicen que al ver la estructura más íntima del quehacer investigador, no el artículo final publicado, han aprendido mucho sobre el procedimiento, la técnica, que luego los lleva a la reflexión: si esta investigadora (yo) lo hizo, ¿Por qué no he de hacerlo yo también?

Y sí, yo creo que si entramos en un paradigma cooperativo más que competitivo, una “simbiocracia de la ciencia”, todo lo que se publica en abierto favorece a los investigadores para dar continuidad a una tarea científica. Pero vemos aquí que ese proceso también tiene un impacto en la educación, con los ejemplos que he puesto antes: por un lado los educadores que pueden construir sus recursos en base al acceso directo al producto científico; por el otro, pueden hacer de su propio trabajo abierto una herramienta de formación. Entonces hay un potencial de retro-alimentación, todo se usa y se recicla, como dice Lynn Margulis.

Claramente, esto implica alzar los niveles de profesionalismo docente como nunca antes, sea en la educación superior que en la educación obligatoria.La enseñanza en línea es un caso específico de la educación en general, y un aprendizaje interesante que yo estoy haciendo a través de mi tarea en proyectos de innovación educativa (como el Erasmus DETECT) es que los educadores saben muy poco de las infraestructuras digitales y de datos que se usan para publicar recursos y contenidos. A veces se hacen muchísimos esfuerzos para publicar recursos educativos en espacios que tienen una vida efímera, o se piensa que una buena práctica es publicar en varios sitios…y particularmente en redes sociales, descargando y cargando todo un contenido. En cambio, lo importante es comprender la interoperabilidad de esas infraestructuras, y ello fundamentalmente en la educación en línea, para hacer circular los recursos abiertos atribuyendo la autoría correctamente y reforzando redes de conocimiento donde el poder está distribuido. 

Notas de/en viaje: ciencia abierta durante la pandemia

Indudablemente la pandemia aceleró la habilidad de muchos investigadores de trabajar aún más intensamente en redes internacionales a través del uso de instrumentos digitales. Eso se aplica a la investigación educativa.

Por un lado, fue muy relevante para entender los “sí” y los “no” de la educación remota de emergencia, sobre la que temprana y estratégicamente trabajé en abierto (apoyando el desarrollo profesional de los educadores) a través de una serie de Webinar que co-organizamos desde el grupo Edul@b con la UOC y la coordinación de Albert Sangrà. También participé en un estudio que involucraba 52 países, donde somos más de 60 autores (mínimo uno por país) sobre la respuesta a través de la docencia no presencial de emergencia y este paper (publicado en abierto aquí). Ese estudio fue muy temprano, fue una de las primeras respuestas hacia el impacto y reacción de los sistemas educativos. Hoy (a poco más de un año y medio) está llegando a unas 350 citaciones lo que indica cuanto la comunidad científica se ha concentrado en generar conocimiento sobre el tema de la educación remota de emergencia.

Sin embargo, (mi escepticismo a partir de aquí es pura opinión) no sé si la vuelta a la “nueva normalidad” (si alguien me permite ese terrible término)  nos va a llevar a un cambio genuino de mentalidad. Es verdad que la pandemia implicó un giro histórico muy violento, no pudo no habernos cambiado subjetivamente. Pero las personas y los sistemas somos resistentes al cambio, y muchos tratarán de volver a la zona de confort, a publicar para aumentar el h-index, el número de artículos en revistas del primer cuartil (Q1) de las bases de datos SCOPUS e ISI-Web of Science y con ello, el avance de la carrera científica por vías tradicionales. 

El activismo académico, que ha caracterizado el movimiento de la ciencia abierta en los últimos 20 años, queda en pie como vía, porque aún muchas cosas siguen por canales tradicionales.

Sin embargo, muchas agencias nacionales de investigación están actualizando sus normas (la Agencia Española de Investigación lo ha hecho) para generar nuevas formas de reconocimiento y de carrera, en particular para quién se empeña comunitariamente, publicando en abierto y buscando formas diversificadas de comunicación de la ciencia. La pandemia ayuda ese activismo en el servir como elemento ejemplar, disruptivo, bien claro, donde el hacer ciencia por mecanismo de acceso y colaboración ha dado resultados. 

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