Lo que el mundial nos enseña…

Conversando con Florencia 

Brazil 2014: World Cup faces by Guimera, 2014 http://www.slideshare.net/guimera/brazil-2014-world-cup-faces

Brazil 2014: World Cup faces
by Guimera, 2014
http://www.slideshare.net/guimera/brazil-2014-world-cup-faces

Mientras iba pasando el mundial, como vos, Flor, me fui conectando, partido tras partido, a su sentido, a su sentido social. Soy una curiosa de los fenómenos humanos y culturales, y más que mirar los partidos (adhiero al 100%, yo de fútbol no sé ni por donde empezar), fui mirando la gente.

Me ejercité en esa mirada desde muchos lugares:

Desde el de cibernauta, conectada en redes sociales…en Facebook, en Twitter.

Desde el de educadora (mi gran pasión!)  o más bien aprendizadora, como otra educadora que admiro.

Desde el de extranjera, inmigrada en Italia hace ya 10 años.

Desde el de argentina, con esa mirada nostálgica que tenemos los que nos fuimos.

Desde el de mis 42 años, recordando los eventos en esas 3 veces que Argentina llegó a la final (en el ’78, en el ’86 y en el ’90).

A mi me pasaron muchas cosas diferentes, desde cada una de esas perspectivas. Será que ese es el elemento del que está hecha esta realidad postmoderna: la fragmentación, la multi-identidad.

Dejame empezar por la perspectiva que más se parece a la tuya, la de argentina. Cierto, yo me conecto a esa “argentinidad” en el recuerdo, en la idealización y la tristeza perenne que sentimos todos los que nos vamos. Ahí me encontré plenamente con vos: me emocioné por el crecimiento que ví en la selección, su sentido de responsabilidad por los 40 millones pintado en las caras de los jugadores, su necesidad de dar una esperanza mínima de que, aunque estemos en el culo del mundo, por un par de semanas, las breaking news de las grandes democracias del norte van a hablar de nosotros. Por lo menos en un sentido positivo, y no sorprendiendose por nuestras crisis, nuestras desigualdades, nuestro caos cotidiano.

Y uniendo esta perspectiva con esa línea histórica de mi vida que me ha permitido ver 4 mundiales donde Argentina tuvo un rol de protagonista, entendí y sentí la emoción.

Pero entonces, me aposté en las otras perspectivas, y pude percibir muchas cosas que me hicieron cuestionar profundamente el mundial.

Se dibujó en mi mente algo extraño y contradictorio con la emoción del sentir grande de patria, de sueño. Me pregunté: ¿las bases para éste sentimiento, son justas?

Desde mi lugar como cibernauta, unido al de mi visión como migrante, me pasaron muchas cosas. Una, la primera, fue ver con amargura el rechazo del norte hacia el sur del mundo. Seguí los partidos, cuando no podía verlos, por Twitter. Me fui perdiendo en “jardín virtual de senderos que se bifurcan” y un hashtag después del otro, fui accediendo a los diálogos en italiano, en inglés y en español.

Este experimento me permitió observar “in vivo” las contradicciones de la historia, la superficialidad de las fronteras (geográficas y mentales….) Yankees que hinchaban por sudamericanos, con tal de no hacer ganar a los asiáticos (sobre todo Irán). Italianos que despreciaban a los sudamericanos, no obstante la masiva emigración de italianos en el Cono Sur. Europeos que celebraban la superioridad alemana porque también los europeos en estos días tienen necesidades de soñar como se sueña en el tercer mundo, ante la incerteza y el caos. Mundo que festejaba la “máquina perfecta alemana”, cuando yo pienso que muchos alemanes temen el recuerdo de lo que la exageración de esa metáfora significó 70 años atrás.

Y entonces llegó el peor episodio del mundial creo. El que más me apenó. El que me conectó a mi lugar como educadora. El que denuncio y en el que tenemos que pensar.

Fue el de “Brasil-Argentina”.

La tensión entre Brasil  y Argentina fue subiendo a medida que estos dos equipos subían el sendero de la final.

Muchos argentinos dijeron que Brasil “agredió” primero desfilando por todas las tribunas contrarias a la Argentina. Después siguieron las vejaciones de argentina a un Brasil herido en su orgullo, en casa. Los cantos idiotas, las manifestaciones de superioridad argentina inútiles. Y en fin, las comparaciones imposibles entre la vergüenza brasilera y la dignidad argentina.

Yo como argentina, nunca podría despreciar un pueblo lleno de alegría y de talento como el brasilero. Un pueblo que ha vivido nuestra misma historia de colonialismo, de dictaduras y de mestizaje.

Como educadora, me niego a esto. Me niego a que sigamos enseñando el odio inútil y superfluo, a que lo dejemos dilagar en las redes sociales. Me pregunto: ¿cuántos habrán puteado a los brasileros sin haber nunca visto en modo directo un brasilero que hinchaba por el equipo contrario? Y si “los brasileros” lo hicieran: ¿por qué no podemos pensar que no son todos “los brasileros” que piensan así? Y si, por absurdo, los más de 200 millones de brasileros lo hicieran… ¿no sería mucho más digno nuestro silencio?

Dejame decir lo que pienso, después de haber “pasado revista” a todas mis perspectivas, mis sensaciones:

Si la alegría del pueblo se basa en todo esto….este es el mundial de un mundo que no debería ser. Este es el mundial del odio y de las divisiones, de los confines pequeños y mezquinos.

Es el mundial del panem et circencis…

Si los romanos se alzaran en pie 2000 años después, los métodos de control del pueblo no habrían cambiado demasiado.

El mundial representa una sociedad de naciones que no puede seguir existiendo. Una sociedad dividida en banderas, camisetas, himnos nacionales, territorios, superioridades inexistentes.  En un mundo de problemas globales, el deporte no debería ser más el estandarte de la superioridad de las naciones. Porque oculta la idea de un mundo interdependiente. De un mundo cuyo único confín real, el único que nos estamos perdiendo de vista, es el de la atmósfera que lo separa del espacio.

Pidamos de nuevo a Galeano que nos ayude a pensar: Un mundo patas arriba es el que no reconoce esas interdependencias.

Dicen por estos pagos que el secreto de Alemania, de su potencia, fue el prepararse como sólo ella sabe, con la precisión metódica de la planificación: reconociendo sus errores y cambiando. Sin embargo, parece que hay otro gran ingrediente en su potencia: en Alemania han habido cambios cruciales en el modo en que se reclutan y forman los jugadores, con énfasis en los jóvenes jugadores y en la multiculturalidad, para aprovechar a los mejores talentos. Esa apertura, fue su potencia.

Si pensamos en Francia, Holanda, Inglaterra, Italia, ninguna podría tener equipo sino hubiera un porcentaje de “tercer mundo” entre sus filas.

Los mismos sudamericanos, que nacen jugadores en los potreros, en la pasión de multitudes, en la esperanza, en los sueños…crecen jugadores en Europa, viviendo Europa.

¿Quién es quién en este mundial?

Preferiría un mundial donde los equipos que ganan demuestran su empeño, su dedicación y su capacidad deportiva.

Donde los colores se usen para pintar las caras, las banderas asuman otros sentidos de encuentro, donde la emoción brote del deporte por el deporte.

El mundo, ya está patas arriba, hace mucho. El mundo no respira, si no respira el sur, si no respira el norte.

Y esa sensación, ya es nuestra, hoy mismo. No necesitamos otros cuatro años.

 

 

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2 responses to “Lo que el mundial nos enseña…

  1. Pingback: El Mundial y la utopía de un mundo con la misma camiseta | Radio Maestra·

  2. Tuve el agrado de leer ambos puntos de vista, y me voy a atrever comentar al respecto, con toda humildad, lejos de los dotes literarios de las autoras y poco mas cerca, pero no tanto, de el deporte en cuestión.
    Me resultó interesante principalmente porque me senti identificado con los dos textos. Me pasaron las dos cosas y no termino de encontrar un puto de conciliación que evidentemente esta, por que cosas que me parecen absurdas, molestas, indignantes, no opacan del todo la felicidad del “partido a partido”, pero tampoco me permiten que sea completa (en este caso, me gustaría tener una postura mas definitiva).
    Por un lado estoy bastante seguro que el mundial como evento triunfa justamente por el odio. En realidad el fútbol en si. Ya los rencores traspasan los límites de la fe poética de los cantos y se llevan mas allá de los partidos. Sin ese odio, envidia, seguramente el acontecimiento no tendría el éxito que tiene. Tal vez, a menor escala, es justamente la lógica de la guerra. El vencer al otro, humillarlo, el nacionalismo efusivo creciente tras las victorias. Es justamente esa lógica la que lo hace exitoso.
    Por otro lado, con Brasil como ejemplo, esta lo macabro de llevar a un país con necesidades económicas mas inmediatas, a gastar cantidades inimaginables de dinero en infraestructura majestuosa, de vanguardia, ostentosa. En ese contexto seguramente los que siempre pagan se sientan poco menos que descartables. Eso como ejemplo, pero cambios de leyes, parasitismo de dirigencias organizadoras, etc, también manchan el evento (doy por hecho que subyacen muchos mas ejemplos, y tal vez peores, de los que no soy consciente).
    Por último tuve también una especie de crisis de representación (veo que compartida, por lo que leí), por el hecho de pensar hasta que punto jugadores que viven en otros continentes, juegan y se forman en el extranjero, pueden representar a un pueblo, a gente con la que no conviven la mayor parte de sus vidas. Mas allá de esto, no dudo que cada uno de ellos sienta el mismo afecto que cualquier Argentino por el país o la bandera…¿pero hasta que punto yo, o cualquier Argentino era parte de ese éxito?.
    Estas cosas (mas los primeros dos aspectos) hacen que el mundial sea tal vez un evento bastante reprobable.
    Pero acá esta la contradicción. Sabiendo eso, habiéndolo pensado, repensado, no pude dejar de sentir una alegría visceral en cada victoria, gritar cada gol dejando hasta el ultimo hilo de voz, abrazarme con los míos como si fuera el éxito de todos. Es verdad que son pocas las cosas que nos unen a todos, en que se puede ver al peor de los marginados por este sistema, cantando y riéndose al lado de ese que tiene mas de lo que el primero podría soñar; el que apoya al gobierno con el mas recalcitrante de los opositores (que hoy, con puntos de vistas tan sesgados, no es poco), no se me ocurre otro ejemplo en el que converjan realidades tan distintas compartiendo un éxito tan sentido como propio y ajeno. A parte de la unidad, es también real la alegría en la cara de la gente (nuestras caras). Como leí, “esos Reunault 12 destartalados, las chapas podridas, los asientos raídos y sucios, repletos de chicos con banderas orgullosas, riendo y cantando, sin importarles más que ese instante de plenitud que solo el Mundial les puede dar”. Entonces, y para concliuir, termino por preguntarme si esas sonrisas, esas caras, esos festejos, esas sonrisas “sagradas y eternas”, acaso no justifican el mundial. Mas cuando dadas ciertas realidades las sonrisas tengan una frecuencia de “alguna vez cada 4 años”.
    En una de esas todo esto es un caso de que “el fin justifica los medios”…o no. Por mi parte, sigo con las mismas dudas. Me voy a quedar con que fue el 9 de julio mas festejado que recuerde.
    Muy interesantes ambos textos. Saludos

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